Las mañanas de mis recuerdos familiares.
- 3 sept 2018
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En mi familia tenemos varios recuerdos de nuestra temprana edad y de nuestros amaneceres, los cuáles no llegaban solos, llegaban con música a las 4 am, idas al club Agua Azul, a correr unos 3 kilómetros y luego nadar otro kilómetro. Aromatizados según la creencia popular con azufre o huevo podrido, porque eran aguas termales. Debido a ello llegábamos a casa a bañarnos de nuevo, buscando eliminar los registros aromatizados que nuestra piel guardaba por un par de horas, después de las no tan cálidas aguas termales.
Los desayunos eran cuento aparte. El llamado jugo de mamá que contenía betabel, naranja, apio, zanahoria y cuanta fruta se encontraba en la cocina, además de comer granola, yogurt, para incrementar nuestras defensas, y una cucharada de miel real. Claro, todo aderezado con el secreto de mamá y papá. Pensarán que hablo de amor, pues también, pero digamos que era manifestado más con “apúrense, van a llegar tarde”, “ayuden a su papá a hacer las tortas”, “acuérdense de bañarse bien”, “despierten a tal o a cuál hermano”, y “ya vengo por quienes entran a las 8:00 am, dejo a los de 7:00 am y regreso”.
La lucha de los niños Silva Pérez, de 4 a 13 años, durante las clases de 7 a 10 am, era por no caer en los brazos de Morfeo, situación realmente complicada. Dicen mis papás que eso forja carácter. Tal vez sí, en mis hermanos que siguen yendo a correr, apenas canta el gallo, sin embargo, otros preferimos dormir hasta tarde y levantarnos más tarde.
El tema de las camionetas también despierta emoción y sonrisas en nuestros rostros, sólo con nombrarlas. A los papás de nuestros amigos y compañeros del colegio, seguro recuerdan la camioneta azul o la camioneta roja. Lo cierto es que cualquier parecido con el desembarco de Normandía por los aliados, guardando el respeto al suceso histórico, nuestras llegadas al colegio se hicieron legendarias. Salidas por la ventana, puertas abriéndose en la última esquina, antes de llegar al colegio, bajando de un brinco de la camioneta y corriendo antes de que cerraran la puerta de entrada para no ser castigados.
Claro, don Antonio y doña María no la tenían fácil, al estar criando siete hijos, una mujer y 6 varones. Dichosos mis hermanos y yo haber vivido todas esas aventuras familiares y volver a recordarlas cuando estamos juntos, reírnos de nosotros mismos y ver quienes pueden evidenciar o dejar más en ridículo al miembro familiar, incluidos mis padres.
Estos recuerdos regresan por lo general cuando nos encontramos juntos y a veces, con un vinito en la copa que tenemos en nuestra mano, música de fondo y reproches amorosos con burlas bien intencionadas. Nuestros recuerdos son los invitados a nuestra mesa, ya sea en la cocina o en el comedor. Dato importante, en la cocina nos sentamos cuando somos menos de 6 miembros familiares, si se supera esa cifra, al comedor.
Bellos recuerdos que fueron saliendo de mi mente, para plasmarse en este post. Siendo honesto con ustedes, la idea original de este post era hablar de mi relación con la música y como se relacionaba con mi vida desde temprana edad, pero el curso de la historia tomó otro rumbo, con mis recuerdos dictando la escritura, mis carcajadas llenando los vacíos de mi habitación, el teclado dando los bemoles, mientras escribo estas líneas y mis recuerdos llevando el ritmo.
Debido al cambio de ritmo y rumbo con el que se dio este post, la música y su interacción conmigo, llegará en el próximo, pero antes de despedirme me gustaría preguntarles ¿qué bochornoso recuerdo no quieren que sea contado en las reuniones familiares? Y si tienen hijos ¿qué prefieren omitir en las cenas familiares?

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